Es denso el rencor a mi alrededor. Parece como si hoy el mundo hubiera decidido acribillarse incansablemente sobre el pavimento. Las miradas insipientes de los transeúntes buscaban mi carne, otrora mi sombra. Les huía pero el sólo pensar en la escapatoria me hacía mirarlos de nuevo como lo hace un caído a su detractor. En esa tensa espera de una tregua seguí mi rumbo, paso a paso, como si ya conociese el camino. Alguna vez había andado ya por esa orilla de cemento, pero mi pesquisa era otra. Yo era otro.
Ahora muchas cosas son diferentes. Mi mirada se ha recogido un poco más y por ello mi cabeza anda gacha. Mi alma conoce más saudades y por ello es más duro y más lento mi andar. La carga del cuerpo es distinta, antes mi alma era liviana pero ya las cicatrices duelen por dentro y aunque olvidadas es imposible no sentirlas. Si es que acaso se recuerda con los sentidos, mi dolor sabe a carne.
Pasé cerca del árbol que antes logró fascinarme, su recodo ya no era mágico y cómo podría serlo si su sombra no recogía el ligero cuerpo de Eva. Silbé la canción que recordaba su aliento y su compañía; música que fue alegría ahora era trashumancia. Seguí caminando junto a la cerca de pinos regordetes que olían a invierno inglés, de cuyos troncos nacían algunos gritos de niños que jugaban a sus espaldas. Antes, esa calle era esperanza, su final me entregaba a la puerta y la puerta a los brazos de Eva. Ahora esa calle estaba allí para hacer más extenso el camino y para recordarme el exilio de su cuerpo, no el de Eva sino el de Ella.
Un poco de viento me hizo recordar que muchas veces, en su cama, alcancé a levantar los brazos para tocar el aire caliente que abandonaba nuestros cuerpos. La sentía mía, tan mía que decidí abandonar en su sangre mi corazón de piedra. A Eva, en cambio, le otorgué mis entrañas hechas arena y semilla. Un poco más de viento cambio de nuevo mi rumbo y me dejó sentir su aire escaso, recordé que en torbellinos de espanto suspiré de su interior, me apoderé de su aroma y sucumbí a su sexo.
Ahora me dirijo a otro lugar, mi andar es lento y mi cabeza está vencida. Mi recuerdo me dice que el camino no acaba allí aunque con Eva haya muerto alguna vez. El camino no se agota en esa calle, sólo es nuevo escenario de mi desdicha. Mi camino es hacia otro dolor, el recuerdo de Eva fue tan sólo una diminuta instancia sin importancia. Mi cabeza encorvada se la debo a Eva, la lentitud de mi cuerpo tiene otro nombre. Mi pesar fue Eva, ahora es Ella, después Cualquiera será su nombre.
Autor invitado: Demícruto
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